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Madrid-ESPAÑA

Por Pedro García Cueto
D.H. LAWRENCE:
LA SENSUALIDAD NARRATIVA DE UN ESCRITOR
IRRACIONALISTA
David Herbert Lawrence nació en Nottingham en 1885 y
murió en Vence, Francia, en 1930. Nació en una familia de mineros. Su
padre fue trabajador de mina y su madre maestra de escuela, una
combinación que fraguó un hombre controvertido, donde la incultura y la
cultura siempre estuvieron en pugna, donde la naturaleza y el
refinamiento buscaban su lugar. Lawrence empieza a escribir en 1911 con
El pavo real blanco, a los que siguieron libros tan reconocidos
como Son and Lovers (Hijos y amantes, 1912), The
rainbow (El arcoirís, 1915-16), Women in love (Mujeres
enamoradas, 1920), Canguro (1923), La serpiente
emplumada (1926), interesante historia sobre la cultura mexicana en
claro contraste con el universo británico a la que da vida la
protagonista de la historia y El amante de Lady Chatterley
(1928), donde la historia de deseo y sensualidad entre una mujer noble y
un jardinero vuelve a tocar un tema clave en la obra de Lawrence, la
oposición cultura-barbarie, porque, en el fondo, el escritor vivió
siempre la enorme contradicción de un mundo modelado por el
analfabetismo de su lugar natal y los impulsos de su madre de dotar a su
hijo de un rico caudal de conocimientos para huir de ese parasitismo de
la sociedad en la que vivían.
Por ello, Lawrence refleja en
sus novelas posiciones encontradas, siguiendo una temática en la que el
irracionalismo de la sociedad encuentra su opuesto en figuras tan
irónicas y sabias como Rupert Birkin en Mujeres enamoradas, por
poner un ejemplo.
El escritor británico entiende el
contacto de la Naturaleza como una ruptura latente con el mundo burgués
porque el deseo no debe esconderse, forma parte de nuestra condición
humana, muy lejos del recato que somete Thomas Mann a sus personajes,
envueltos en un mundo teórico que les impide encontrar una válvula de
escape a sus obsesiones intelectuales.
Birkin, uno de los protagonistas
más interesantes de Mujeres enamoradas, conoce el desencanto de
la vida, pero goza con la Naturaleza, incapaz de amar a la mujer, vive
con plenitud la sensualidad de la tierra, germinadora y fértil que le
invita a hacer el amor, en el paroxismo de la bella literatura,
provocadora también, de Lawrence:
“Yacer y revolcarse entre los
pegajosos y frescos jacintos jóvenes, yacer boca abajo y cubierto la
espalda con puñados de hierba fresca y fina, suave como el aliento,
suave y más delicada y más hermosa que el contacto con cualquier mujer,
y luego pincharse un muslo contra vivas y oscuras puntas de las ramas de
los pinos, y después sentir el latigazo de las ramas de los avellanos
sobre los hombros, el latigazo picante, y luego oprimir el plateado
tronco del abedul contra el pecho, con su suavidad, su dureza, sus
vitales nudos y surcos”
(p. 137).
El deseo de amar a la tierra, de
fundirse con ella es una obsesión en la novelística de Lawrence, porque
él siente que la Naturaleza, su sabor, su olor, se impregnan en su piel.
Incluso, Lawrence no oculta el
contacto de dos cuerpos, los de Gerald y él en una lucha que simboliza
el paganismo, la ausencia de sacralización del mundo, el placer porque
sí, exento de la culpa que ha generado el catolicismo, pero el deseo de
Úrsula por Birkin es una necesidad que se cimenta en la búsqueda de la
intelectualidad como consecución superior al placer, como verdadera
invitación al amor con mayúsculas, lejos del animal que llevamos dentro:
“Úrsula le contemplaba igual que
si lo hiciera furtivamente, sin darse realmente cuenta de lo que veía.
Aquel hombre estaba dotado de gran atractivo físico, había en él una
fuerza oculta, que se manifestaba a través de su delgadez y su palidez,
como otra voz que comunicara otro conocimiento de él”
(p. 52).
La idea de la sensualidad está
presente en la novela, tanto es así que los diálogos se nutren de la
sabia de Rupert y de la lujuria de Úrsula, esperando, a través de las
palabras, una invitación de su hombre al sexo, pero Rupert siempre
esquiva el placer a través de la intelectualidad, con la fina ironía de
un hombre desapegado del mundo, Úrsula se pregunta: “¿No crees que todos
nosotros somos ya suficientemente sensuales, sin necesidad de adquirir
más sensualidad?”. A lo que Birkin responde: “No, no lo somos. Vivimos
excesivamente poseídos de nosotros mismos” (p. 53).
En La serpiente emplumada
continúa Lawrence indagando en esa capacidad para confrontar el deseo y
la cultura, como si el ser humano, contrariamente a lo que expuso Mann
en sus novelas, tuviese que enfrentarse al placer, dejarlo ir, para
liberar la tensión intelectual que merma nuestras vidas, como un
jeroglífico del que no podemos escapar nunca. El personaje de Kate,
racional y culta, se enfrenta en su estancia en México a la fuerza
telúrica de la tierra, al poderoso imán de la Naturaleza que, al igual
que el Birkin de Mujeres enamoradas, somete al hombre a un
influjo devastador:
“Y estos hombres incapaces de
dominar los elementos, estos hombres sometidos a las fuerzas del sol, de
la electricidad, de las erupciones volcánicas, solían estar sujetos a
rencores ardientes y al odio diabólico de la vida misma. No hay placer
sensual que iguale a la voluptuosidad que se experimenta al clavar un
cuchillo y ver correr la sangre”
(p. 177).
Si Irlanda, de donde procede
Kate, tiene flores blancas del espino, México lleva en su vientre el sol
implacable, un país de oscuridad, de relámpagos, de lluvia torrencial.
EL LEGADO DE LAWRENCE: UNA OBRA
PLENA DE IMAGINACIÓN Y SENSUALIDAD
La obra de Lawrence sigue
brillando, como si sus descripciones se posasen en nosotros, nos
desvelasen el mundo de los deseos, nos hablasen de la condición humana,
de sus sombras y sus luces, fuesen espejos donde podemos mirar el
tiempo, también donde dejamos de ser, para obligarnos a sentir, tan
solo, sin que la conciencia oprima o eluda nuestros deseos.
Ese irracionalismo fue muy
polémico y muchos críticos de la época vieron en D. H. Lawrence un
escritor blasfemo y con una gran dosis de paganismo, como si el mundo ya
no fuese una obra de Dios, sino del hombre y sus caprichos y deseos.
Sin duda alguna, en mi mente aún
resuenan las palabras de Birkin a Úrsula o la presencia del jardinero en
la inolvidable El amante de Lady Chatterley, donde el hombre
representa el deseo, el placer por sí mismo, sin que la cultura o la
razón niegue ese principio necesario de la vida como hedonismo. Pero no
olvido las descripciones sobre los mexicanos en La serpiente
emplumada, donde se contrapone el mundo ordenado y racional
anglosajón que representa Kate y el mundo de los ritos y los símbolos de
la muerte y del placer que representa México.
Y, para concluir, no hay que olvidar
los relatos de Lawrence, unos cuentos magníficos, llamados novelas
breves, pero en mi opinión, relatos al fin y al cabo (recopilados con el
título El jardín de las Hespérides), trenzados con una fuerza y
unas imágenes deslumbrantes, como, por poner un ejemplo, podemos ver en
El zorro, donde dos mujeres compiten por un hombre que lleva a su
casa del campo para sembrar el deseo y la lujuria, la presencia de un
zorro despierta aún más la curiosidad y el morbo de las mujeres ante un
hombre con atractivo animal, sin duda alguna, Lawrence compara al zorro
y al hombre en una batalla inolvidable que representa la animalidad
latente del ser humano y el instinto del animal, como si tuviese rasgos
humanos, la capacidad de percibir el peligro, de escuchar el latido de
deseo de las mujeres de la casa:
“Mas, para March, aquel chico era el
zorro. Fuera por el efecto causado por aquella cabeza que se tendía
hacia adelante, o por el brillo de los pelillos blanquecinos sobre los
pómulos encarnados, o por el fulgor de sus ojos penetrantes, no podría
saberse; para ella el chico era el zorro, y era incapaz de verlo bajo
otro ángulo”.
Sin duda alguna, Lawrence, por la
agudeza de sus descripciones, por la penetración psicológica de sus
personajes, pertenece a la mejor literatura inglesa, la que representan
también Virginia Woolf, E.M. Forster, Lawrence Durrel o Charles Dickens,
dentro de otro estilo que no ha envejecido tampoco para nuestros ojos
apasionados por la pericia de escritores que nos siguen conmoviendo como
Lawrence, cuyo apellido coincide con el famoso coronel que brilló en
Arabia y que David Lean inmortalizó en la famosa Lawrence de Arabia.
Estoy seguro que ambos, aparte de ser ingleses, tenían algo en común: su
pasión por la vida.
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Pedro García Cueto, español, es doctor en Filología Hispánica por la UNED,
crítico literario, y ha sido profesor de español en Texas, EUA, y
docente en educación secundaria en Madrid. |
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