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El futuro del libro electrónico y el de papel, por Google

Los escritores que más dinero ganan

 

Rumba catalana con salsa gitana

Escuchen (luego del speech introductorio) al grupo musical catalán Estrellas de Gracia en "Córtate la lengua chivato". Para que los chivatos de Cuba de todos los tiempos sepan que la justicia los alcanzará algún día. Luego, disfruten de "Kikiribú".

 

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El sabueso que lo haría famoso,

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(Miami-EUA)

 

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(Miami-EUA)

 

Ámbito literario madrileño

D.H. Lawrence: la sensualidad narrativa de un escritor irracionalista, por Pedro García Cueto

(Madrid-ESPAÑA)

 

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"You" or the Second Person Point-of-View in College Essays,

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(Hazleton-EUA)

 

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(Miami-EUA)

 

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La última mentira

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Lectura de Otrodidades

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(Madrid-ESPAÑA)

 

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Cuba: un nuevo realismo mágico en la prensa y la literatura independientes

(Este ensayo fue eliminado por Gloria Leal: censora castrocomunista de El Nuevo Herald),

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Madrid-ESPAÑA

Por Pedro García Cueto


D.H. LAWRENCE:

LA SENSUALIDAD NARRATIVA DE UN ESCRITOR IRRACIONALISTA

 

     David Herbert Lawrence nació en Nottingham en 1885 y murió en Vence, Francia, en 1930. Nació en una familia de mineros. Su padre fue trabajador de mina y su madre maestra de escuela, una combinación que fraguó un hombre controvertido, donde la incultura y la cultura siempre estuvieron en pugna, donde la naturaleza y el refinamiento buscaban su lugar. Lawrence empieza a escribir en 1911 con El pavo real blanco, a los que siguieron libros tan reconocidos como Son and Lovers (Hijos y amantes, 1912), The rainbow (El arcoirís, 1915-16), Women in love (Mujeres enamoradas, 1920), Canguro (1923), La serpiente emplumada (1926), interesante historia sobre la cultura mexicana en claro contraste con el universo británico a la que da vida la protagonista de la historia y El amante de Lady Chatterley (1928), donde la historia de deseo y sensualidad entre una mujer noble y un jardinero vuelve a tocar un tema clave en la obra de Lawrence, la oposición cultura-barbarie, porque, en el fondo, el escritor vivió siempre la enorme contradicción de un mundo modelado por el analfabetismo de su lugar natal y los impulsos de su madre de dotar a su hijo de un rico caudal de conocimientos para huir de ese parasitismo de la sociedad en la que vivían.

    Por ello, Lawrence refleja en sus novelas posiciones encontradas, siguiendo una temática en la que el irracionalismo de la sociedad encuentra su opuesto en figuras tan irónicas y sabias como Rupert Birkin en Mujeres enamoradas, por poner un ejemplo.

   El escritor británico entiende el contacto de la Naturaleza como una ruptura latente con el mundo burgués porque el deseo no debe esconderse, forma parte de nuestra condición humana, muy lejos del recato que somete Thomas Mann a sus personajes, envueltos en un mundo teórico que les impide encontrar una válvula de escape a sus obsesiones intelectuales.

   Birkin, uno de los protagonistas más interesantes de Mujeres enamoradas, conoce el desencanto de la vida, pero goza con la Naturaleza, incapaz de amar a la mujer, vive con plenitud la sensualidad de la tierra, germinadora y fértil que le invita a hacer el amor, en el paroxismo de la bella literatura, provocadora también, de Lawrence:

“Yacer y revolcarse entre los pegajosos y frescos jacintos jóvenes, yacer boca abajo y cubierto la espalda con puñados de hierba fresca y fina, suave como el aliento, suave y más delicada y más hermosa que el contacto con cualquier mujer, y luego pincharse un muslo contra vivas y oscuras puntas de las ramas de los pinos, y después sentir el latigazo de las ramas de los avellanos sobre los hombros, el latigazo picante, y luego oprimir el plateado tronco del abedul contra el pecho, con su suavidad, su dureza, sus vitales nudos y surcos” (p. 137).

    El deseo de amar a la tierra, de fundirse con ella es una obsesión en la novelística de Lawrence, porque él siente que la Naturaleza, su sabor, su olor, se impregnan en su piel.

    Incluso, Lawrence no oculta el contacto de dos cuerpos, los de Gerald y él en una lucha que simboliza el paganismo, la ausencia de sacralización del mundo, el placer porque sí, exento de la culpa que ha generado el catolicismo, pero el deseo de Úrsula por Birkin es una necesidad que se cimenta en la búsqueda de la intelectualidad como consecución superior al placer, como verdadera invitación al amor con mayúsculas, lejos del animal que llevamos dentro:

“Úrsula le contemplaba igual que si lo hiciera furtivamente, sin darse realmente cuenta de lo que veía. Aquel hombre estaba dotado de gran atractivo físico, había en él una fuerza oculta, que se manifestaba a través de su delgadez y su palidez, como otra voz que comunicara otro conocimiento de él” (p. 52).

    La idea de la sensualidad está presente en la novela, tanto es así que los diálogos se nutren de la sabia de Rupert y de la lujuria de Úrsula, esperando, a través de las palabras, una invitación de su hombre al sexo, pero Rupert siempre esquiva el placer a través de la intelectualidad, con la fina ironía de un hombre desapegado del mundo, Úrsula se pregunta: “¿No crees que todos nosotros somos ya suficientemente sensuales, sin necesidad de adquirir más sensualidad?”. A lo que Birkin responde: “No, no lo somos. Vivimos excesivamente poseídos de nosotros mismos” (p. 53).

    En La serpiente emplumada continúa Lawrence indagando en esa capacidad para confrontar el deseo y la cultura, como si el ser humano, contrariamente a lo que expuso Mann en sus novelas, tuviese que enfrentarse al placer, dejarlo ir, para liberar la tensión intelectual que merma nuestras vidas, como un jeroglífico del que no podemos escapar nunca. El personaje de Kate, racional y culta, se enfrenta en su estancia en México a la fuerza telúrica de la tierra, al poderoso imán de la Naturaleza que, al igual que el Birkin de Mujeres enamoradas, somete al hombre a un influjo devastador:

“Y estos hombres incapaces de dominar los elementos, estos hombres sometidos a las fuerzas del sol, de la electricidad, de las erupciones volcánicas, solían estar sujetos a rencores ardientes y al odio diabólico de la vida misma. No hay placer sensual que iguale a la voluptuosidad que se experimenta al clavar un cuchillo y ver correr la sangre” (p. 177).

    Si Irlanda, de donde procede Kate, tiene flores blancas del espino, México lleva en su vientre el sol implacable, un país de oscuridad, de relámpagos, de lluvia torrencial.

EL LEGADO DE LAWRENCE: UNA OBRA PLENA DE IMAGINACIÓN Y SENSUALIDAD

  La obra de Lawrence sigue brillando, como si sus descripciones se posasen en nosotros, nos desvelasen el mundo de los deseos, nos hablasen de la condición humana, de sus sombras y sus luces, fuesen espejos donde podemos mirar el tiempo, también donde dejamos de ser, para obligarnos a sentir, tan solo, sin que la conciencia oprima o eluda nuestros deseos.

  Ese irracionalismo fue muy polémico y muchos críticos de la época vieron en D. H. Lawrence un escritor blasfemo y con una gran dosis de paganismo, como si el mundo ya no fuese una obra de Dios, sino del hombre y sus caprichos y deseos.

   Sin duda alguna, en mi mente aún resuenan las palabras de Birkin a Úrsula o la presencia del jardinero en la inolvidable El amante de Lady Chatterley, donde el hombre representa el deseo, el placer por sí mismo, sin que la cultura o la razón niegue ese principio necesario de la vida como hedonismo. Pero no olvido las descripciones sobre los mexicanos en La serpiente emplumada, donde se contrapone el mundo ordenado y racional anglosajón que representa Kate y el mundo de los ritos y los símbolos de la muerte y del placer que representa México.

   Y, para concluir, no hay que olvidar los relatos de Lawrence, unos cuentos magníficos, llamados novelas breves, pero en mi opinión, relatos al fin y al cabo (recopilados con el título El jardín de las Hespérides), trenzados con una fuerza y unas imágenes deslumbrantes, como, por poner un ejemplo, podemos ver en El zorro, donde dos mujeres compiten por un hombre que lleva a su casa del campo para sembrar el deseo y la lujuria, la presencia de un zorro despierta aún más la curiosidad y el morbo de las mujeres ante un hombre con atractivo animal, sin duda alguna, Lawrence compara al zorro y al hombre en una batalla inolvidable  que representa la animalidad latente del ser humano y el instinto del animal, como si tuviese rasgos humanos, la capacidad de percibir el peligro, de escuchar el latido de deseo de las mujeres de la casa:

“Mas, para March, aquel chico era el zorro. Fuera por el efecto causado por aquella cabeza que se tendía hacia adelante, o por el brillo de los pelillos blanquecinos sobre los pómulos encarnados, o por el fulgor de sus ojos penetrantes, no podría saberse; para ella el chico era el zorro, y era incapaz de verlo bajo otro ángulo”.

   Sin duda alguna, Lawrence, por la agudeza de sus descripciones, por la penetración psicológica de sus personajes, pertenece a la mejor literatura inglesa, la que representan también Virginia Woolf, E.M. Forster, Lawrence Durrel o Charles Dickens, dentro de otro estilo que no ha envejecido tampoco para nuestros ojos apasionados por la pericia de escritores que nos siguen conmoviendo como Lawrence, cuyo apellido coincide con el famoso coronel que brilló en Arabia y que David Lean inmortalizó en la famosa Lawrence de Arabia. Estoy seguro que ambos, aparte de ser ingleses, tenían algo en común: su pasión por la vida.

Pedro García Cueto, español, es doctor en Filología Hispánica por la UNED,  crítico literario, y ha sido profesor de español en Texas, EUA, y docente en educación secundaria en Madrid.

 

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