EL SABUESO QUE LO HARÍA FAMOSO©

por Juan Alborná Salado
Director Editor
Arthur se
encontraba en la biblioteca de su casa en
Portsmouth. Escribía en su vieja máquina, pero las musas lo habían
noqueado, y no podía hilvanar una narración coherente con el famoso y
extravagante personaje detectivesco de sus novelas, que como recordaba, había
surgido de su mente por primera vez en 1887 en la bruma londinense.
Sencillamente estaba bloqueado. No podía hilvanar un capítulo lógico que
encajara en el libro que intentaba escribir. Soltó el aire de los pulmones en un
vano ejercicio por disipar la tensión. Maldijo a las musas. Se movió inquieto en
la silla frente a la máquina de escribir. Cruzó las manos a la altura del
abdomen y miró al techo. Bajó la mirada y la enfocó en el papel que en blanco
esperaba. A los 28 años era alto, de pelo claro, rostro noble, ojos azules,
frente despejada, bigotillo, y porte distinguido. Sus manos, muy blancas y finas,
de uñas bien cuidadas, evidenciaban labores más intelectuales que físicas.
Su biblioteca,
además de cientos de volúmenes, contenía varios diplomas: título universitario,
un pergamino nobiliario que lo nombraba sir o caballero del reino, otros
honoríficos más y también premios literarios. Miró hacia su diploma de doctor en
medicina y cirugía colgado de la pared y recordó la frase que había dicho
imperceptiblemente cuando dos años atrás se lo entregaron en una ceremonia en la
Universidad de Edimburgo: “Licencia para matar”. Sus ojos pasaron por encima de
un cuadro con una vista de campo adentro en Escocia y una foto de él mismo con
vestimenta típica de la región. No podía negar que era escocés. Pensando estaba
cuando un mayordomo tocó a la puerta y entró.
―Señor, la
correspondencia.
―Gracias.
El hombre tomó
varias cartas y las hojeó. Sacó una sin remitente y la abrió porque sabía de
quien era. Conocía su letra. Le escribía
Jeannette Johnson, esposa de un gran amigo y escritor llamado
Flash Robín, con la que Arthur mantenía amoríos secretos. Lo citaba para la
semana venidera en un apartado café de Londres. Al arribar la fecha, allí fueron,
bien abrigados, pues el otoño ya había llegado al Imperio Británico con su
incipiente frío.
Cuando ella entró al café, Arthur la esperaba en la barra y frente a la puerta
de entrada. La observó:
mediana estatura, rostro agraciado pero seco, pelo claro, ojos inquietos y
grandes, y figura grácil. Le gustaba lo que veía. Fueron a un reservado.
―Robín ha escrito
una gran novela. Puedes hacerte con ella. Es más, estoy cansada de él, y tú
acabas de perder a tu esposa. Si él desaparece podemos casarnos y tú puedes
publicar la novela con tu nombre.
―Creo que podemos
hacer algo -dijo Arthur.
Se pusieron de
acuerdo, y fueron a la residencia del médico, donde el escritor le entregó a la
mujer un frasquito con Láudano.
―Dáselo en
pequeñas dosis, pero antes, voy a ir a tu casa a conversar con él.
A los pocos días,
se hallaba conversando con su amigo Flash Robín, quien a petición de Arthur le
había traído la novela. El médico escritor leyó varias partes y quedó
impresionado.
―Hay que hacerle
algunos arreglitos. Yo puedo hacérselos y la publicamos con tu nombre como
principal y el mío como colaborador. ¿Qué te parece?
Robín aceptó
entusiasmado. El médico se llevó el manuscrito y dilató sus arreglos. Esperaba.
Al poco tiempo su amigo moría del Láudano suministrado por la esposa aunque el
certificado forense decía: “Fallecimiento por fiebre tifoidea”.
El médico y
Jeannette se casaron tiempo después, y el galeno autor publicó en 1902 una de
sus más famosas obras: El sabueso de Baskerville, la novela escrita por
su fallecido amigo, cuyo protagonista era el detective que lo estaba haciendo
mundialmente célebre y de nombre Sherlock Holmes.
Sir Arthur Conan
Doyle, sentado en su sillón favorito, leía en un diario en la biblioteca la
crítica favorable acerca de su novela mientras sonreía al lado de su flamante
esposa.♦

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