LA
HISTORIA COMO EXCUSA EN LA OBRA DE FICCIÓN DE FRANCISCO HERRERA LUQUE
-I parte-
por Ricardo
Gil Otaiza
Desde muy niño le
escuché decir a mi padre (que no era académico ni intelectual), que la
consabida frase “Vuelvan caras”, atribuida a José Antonio Páez, quien la
profiriera a todo pulmón en pleno fragor de la batalla de Las
Queseras del Medio (abril de 1819), que terminó por cierto con un
fracaso rotundo para las fuerzas realistas, no fue tal, sino “Vuelvan
carajos”. Luego del impacto que tal declaración ocasionaba en sus
contertulios, mi padre matizaba la cosa agregando: “los historiadores
cambiaron la frase para quitarle la excesiva carga de ordinariez y
vulgaridad al ya endiosado prócer de la gesta independentista
americana”. ¿Verdad? ¿Mentira? ¿Tal vez un reacomodo de la frase
original? A ciencia cierta no lo sabemos. Es más, quizá lo sabremos
nunca. Pero lo que sí reconocemos —no sin reticencias, por cierto— es
que los hechos históricos fueron pasando a lo largo de los años por una
especie de tamiz o cedazo, para ponerlos al servicio de intereses
personalistas y oscuros (o tal vez tribales) de los mandamases de turno
(Antonio Guzmán Blanco, el primero de ellos), que izaban la bandera de
un nacionalismo atroz que ha llegado —por cierto— inconmovible hasta
nosotros. Soldados pata en el suelo, generales macheteros y analfabetas,
pasaron de pronto a constituirse —apoyado todo esto por las ampulosas
plumas de seudo historiadores como Eduardo Blanco y su Venezuela
heroica, o Felipe Larrazábal y su Bolívar— en soldados de la
patria, en héroes de “acrisoladas dotes personales, guerreras y hasta
intelectuales”.
No sabemos tampoco
en qué momento pasa un mito a convertirse en realidad. Mejor: no sabemos
en qué momento un supuesto hecho histórico pasa a convertirse en mito.
La tradición oral
y la cultura popular tienen mucho que ver con todo este proceso, y es
lógico que sea así. “En las sociedades orales primarias —nos dice al
respecto Víctor Bravo— la memoria es el soporte y la cantera de donde se
extraen las certezas del estar en el mundo; y estas certezas articulan
formas de trascendencia, modos de vinculación a la totalidad,
certidumbres teleológicas”.
Esas mismas certidumbres teleológicas que edificaron una epopeya
libertadora sobre la base de híbridos, de remedos, de tergiversaciones y
componendas del hecho histórico como tal (que posiblemente no sea
defecto exclusivo de nuestra idiosincrasia; hay pensadores que plantean
que todo relato histórico tiene una elevada carga de subjetividad). Es
decir, el ideario patrio sustentado muchas veces en supuestas batallas
(que no pasaron de ser en todo caso escaramuzas), en invencibles héroes
(muchos de hechos grandes temerarios), en brillantes proclamas (las
veces producto de delirios, de sueños e ilusiones), terminó por ser el
soporte, el andamiaje, la piedra angular de una sociedad fragmentada,
herida en el corazón, que hoy, después de dos siglos de supuesta
“libertad” se pregunta todavía, si toda esa sangre y todo ese dolor
social valieron realmente la pena.
En este mismo
orden de reflexión ontológica, circunscribo la novelística completa del
escritor caraqueño Francisco Herrera Luque (Caracas 1927-1991). Él no
quiso contarnos la historia general y menuda de esta Tierra de Gracia.
En absoluto. Eso lo postraría como figura protagónica de nuestra
intelectualidad y de nuestras letras. Sus afanes fueron determinantes
—eso sí— en la comprensión de nuestro sentido como nación, clausurado
bajo la lápida de una historia oficial arquetípica del modelo heroico
latinoamericano. La fábrica de héroes —diría— que busca desentrañar
nuestro sino desde la óptica del hombre fuerte y armado, que impone el
orden bajo la consigna del interés patrio, pero siempre buscando su
hegemonía y preeminencia sobre la sociedad civil (entiéndase: sobre la
razón y el derecho de todos). La novelística de Herrera Luque se yergue
sobre las circunstancias y su historicidad, para develar lo que somos,
sin los oropeles y las prosopopeyas que esconden bajo la alfombra la
carroña y la porquería. El novelista dejó al desnudo a nuestros héroes,
para desde su ingrimitud intentar recomponer los pedazos desperdigados
de un “destino” que desde siempre nos ha sido reacio.
El Bolívar que
leemos en Herrera Luque no es el héroe acartonado, impoluto e inmaculado
que algunos historiadores nos han impuesto como imaginario a lo largo
del último siglo. Todo lo contrario: es ese ser descarnado, vivo, que
lleva adelante su quimérica epopeya desde las luces de su propio genio,
pero arrastrando sus inmensos errores, desventuras y vergüenzas. Es el
héroe capaz de alcanzar una elevada cima lírica en su delirio sobre el
Chimborazo, pero también de caer en el plano escatológico y cruel de un
Decreto de Guerra a Muerte, por ejemplo, o del extremo inaudito
—aunque para algunos necesario— del fusilamiento de su primo Manuel
Piar.
En Herrera Luque
la historia es tan sólo una excusa para hilvanar con inteligencia un
discurso narrativo coherente, muchas veces brillante, y siempre desde la
ficción, a través del cual fustigó con sutileza —y sin concesiones de
ningún tipo— nuestras más grandes pifias como nación. A pesar de ser
descendiente de los amos del valle, o por ser precisamente del mismo
linaje de algunos de sus propios personajes, no desestimó un solo minuto
de su tiempo creador, para desde sus libros —casi todos en la categoría
de best seller— acusar el desencuentro entre lo que aparentemente fuimos
y lo que somos o aspiramos en el presente.
Herrera Luque no
escribió novela histórica, como muchos “expertos” pretenden
establecer y prodigar por ahí, lo que le conferiría un hipotético peso
“académico” y aires “científicos” a su obra. Es más —y aunque se caiga
este salón con el escándalo por lo que voy a decir—: la novela histórica
no existe; eso es un terrible contrasentido. Y no existe por un hecho
determinante: al transformar el autor a los personajes (darles vida), al
recrear un ambiente, al establecer las necesarias conexionen entre las
partes y el todo dentro del texto novelesco, en ese preciso instante el
autor se transforma en un fabulador, en un demiurgo, en un inventor de
“realidades”. Si se parte entonces de la premisa de que el hecho
histórico implica el “Conjunto de los acontecimientos ocurridos a
alguien a lo largo de su vida o en un período de ella”, como lo expresa
el DRAE, mal puede una obra literaria como lo es la novela, con sus
argucias, con sus trucos, con el ingenio del artista y del esteta que es
el novelista, erigirse en hecho histórico per se. En todo caso,
sería una reinterpretación fantástica de los hechos, con toda su inmensa
carga de subjetividades, de intereses estéticos, de recreaciones, de
mentiras. Por ser ficción, la novela es un hecho literario y no
histórico, independientemente de que el escritor haya utilizado como
materia prima sucesos acaecidos a personas de carne y hueso. De allí su
magia.
A propósito de la
ficción y de la historia, a lo largo del tiempo los estudiosos y los
escritores han intentado unificar criterios, en un esfuerzo desesperado
—e inoficioso a mi manera de ver las cosas— por comprender algo que no
requiere mayores vueltas. Si la novela implica ficción y la historia
busca la verdad de los hechos, los denominativos híbridos en ambos
sentidos no son más que eso: híbridos, mezclas artificiales, pastiches
epistémicos que tienen como objetivo apuntalar teorías, corrientes y
escuelas, siempre en el ámbito académico e investigativo. En el caso de
Herrera Luque toda su obra (con la excepción hecha de estudios y ensayos
como: Los viajeros de Indias, Las personalidades psicopáticas y
La huella perenne) fue de ficción en el género novelesco.
Cuando a propósito
de Alejo Carpentier y su pasión por lo real maravilloso, o Miguel
Ángel Asturias y Gabriel García Márquez con su realismo mágico,
el investigador Alexis Márquez Rodríguez propone una diferenciación
desde el episteme entre uno y otro fenómeno, nos resulta un tanto
cuesta arriba y forzado, porque en ambas circunstancias se está
novelando, es decir, se está haciendo ficción. Si nos atenemos a lo que
expresa el DRAE al respecto de la novela: “Obra literaria en prosa en la
que se narra una acción fingida en todo o en parte, y cuyo fin es causar
placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o
lances interesantes, de caracteres, de pasiones y de costumbres”, estas
aparentes derivaciones caen por su propio peso. Leamos a Márquez
Rodríguez:
De paso, es
importante observar que este tratamiento por Carpentier (se refiere a
lo real maravilloso) de la realidad histórica dentro del contexto de
una novela, que es por definición ficticia, obliga a reformular
el concepto de ficción literaria. Siempre se ha tenido por
ficción lo que el narrador inventa dentro de la anécdota o
argumento del cuento o la novela. (…) El narrador puede inventarlos
de realidades sí existentes, o a partir de su fantasía. (…) Ahora
bien, si esto es lo que entendemos por ficción dentro de una
novela o un cuento, ¿cómo queda lo que Carpentier hace en El reino de
este mundo, donde nada es inventado por él, puesto que todo
cuanto allí narra ocurrió realmente tal como él lo narra, y está así
documentado y comprobado? (p. 68)
Como se puede
deducir de lo citado, y de mis observaciones previas, discrepo respecto
del profesor Márquez Rodríguez, por considerar que el género novelesco
se nutre de muchos elementos, se enriquece ciertamente de la realidad
(sin ella no existiría), se puede realimentar de la historia, puede
avizorar realidades futuras, pero sigue siendo literatura, es decir,
ficción.
rigilo99@hotmail.com