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-cometer
Literatura-
I Coloquio sobre Narrativa Policial Hispanoamericana
por
Alberto JIMÉNEZ URE
Yo,
que deploro a la
Vindicta Pública o Vendetta y todas las armas de guerra que le dan forma
letal, durante mi días de infante creí que nada a la Humanidad lesivo había en mi existencia
hasta cuando tuve que admitir que propendía a convertirme en escritor: es decir, en un
incorregible pendenciero de la palabra
La realidad ha demostrado que la
Literatura
«se
comete»
a partir del instante cuando leemos una novela, una pieza teatral o un poema (exceptúo al
Ensayo, porque es la percepción docta del parto de los escritores non sacris).
La primera vez que
«delinquí»
en el territorio de la intelectualidad lo hice al escribir mi primer cuento, a los seis años
(según testimonio de mi madre). Luego al leer el Quijote (1605), que admito me
aburrió. Empero, reincidí y leí varias noveletas de Marcial La Fuente Estefanía
(sf d. n.): español, que creían norteamericano sin haber visitado a USA jamás.
En sus textos describía, magistralmente, los asaltos a ferrocarriles y bancos: las riñas y
los duelos (fundamentalmente con revólveres y escopetas) y el ulterior abatimiento de
forajidos o comisarios. Eran, las suyas, ¿«novelas
policíacas»?
Hubo forajidos y representantes de
las leyes que los perseguían y cazaban. Eran, ¿«policíacas»?
O, acaso, ¿no merecen que se les recuerde como textos realmente literarios las novelas de
La Fuente Estefanía? A mi me divertían, me conmovían e impulsaban a tener esperanza en
hacedores que no provocan tedio como Miguel de Cervantes (1547-1616, Madrid).
Un día llegó a
mis manos Crimen y Castigo (1866), cuya lectura me mantuvo exaltado y maravillado.
Advertí que, aparte de entretenerme, Fiodor Dostoievski (1821-1881, Moscú) me
incitaba a escrutarme psíquicamente. Me narraba un suceso que suscitaría innumerables
reflexiones y pláticas entre el criminal y su perseguidor, que parecía admirar la
inteligencia del joven asesino. Es, le pregunto a los estudiosos, ¿una
«novela
policíaca»?
Mediante cuál obra, ¿cuándo y quién inició la Narrativa Policíaca en el mundo? Que lo
digan los doctos, porque son inimputables y merecen el respeto que los escritores jamás
alcanzaremos frente a la Honorable Academia Correspondiente de las
Letras.
Empero, durante
mi pubertad continué riéndome al leer La aventuras de un cadáver de Robert L.
Stevenson (1850-1894, Edimburgo). Me pregunto si me falla la memoria y no se trata de
una novela del autor del Extraño caso de Mr. Jekyll y Mr. Hyde (1886). Ya me ocurrió
hace más de veinte años en el Hotel Prado Río de Mérida, que ha sido muchas veces
sede de coloquios y encuentros literarios. Conversaba con Salvador Garmendia,
Javier Villafañe, Luis Alberto Crespo, Luis Brito García, Carlos
Contramaestre, Francisco Rivera, Harol Alvarado Tenorio, Jesús Serra
y Alberto Rodríguez Carucci, entre otros, y les comenté que me había fascinado un
texto de Albert Camus intitulado La muerte feliz (que compré en una librería
de Sabana Grande, Caracas).
Les dije a esos admirables amigos,
algunos de los cuales ya
«escindieron»,
que el personaje de Albert Camus (1913, la Argelia francesa) era un hombre adinerado
confinado a una silla de ruedas a causa de un accidente. Buscó, mediante avisos de prensa,
alguien capaz de matarlo a cambio de su fortuna porque no quería seguir viviendo en tan
precarias condiciones físicas. Y halló a un individuo que lo satisfaría. Al cabo, ese
criminal se arrepintió y rogó que lo ajusticiaran. Era, ¿una
«novela
policíaca»?
No recuerdo cuál de los presentes
me desafió a demostrar que esa narración era de Camus y no una inédita novela mía. La
mayoría rendía culto a Baco y, quizá por ello, pensaría que la memoria o me fallaba o
yo intentaba impresionarlos. Nadie sabía de la existencia de esa obra. Y yo dudé por cuanto
no la tenía en mis manos. Años más tarde la recuperé y se la obsequié a Fernando Báez
Hernández, quien es hoy (mediante la Internet) injustamente hostigado por haberse
iniciado en la Literatura bajo mi amparo intelectual en la Universidad de Los
Andes y todos saben que soy un
«reaccionario».
No tengo injerencia ni jurisdicción sobre los actos,
«adhesiones
políticas»
o respecto a las
«ideas»
o «pensamiento
filosófico»
actual del talentoso ex amigo.
Pero, retomo la interrogante:
¿podría calificarse
«novela
policíaca»
¿La
muerte feliz?
A quienes hayan analizado algunas de mis
«noveletas»
(Aberraciones, Adeptos, Dionisia o Desahuciados, por ejemplo), preguntaré:
¿tienen elementos policíacos?
A partir de mi pubertad he buscado
que los narradores me diviertan y algunos lo han hecho. Décadas después de haberme topado
con Crimen y Castigo, lo hicieron mi primo Gabriel Jiménez Emán (1950,
Caracas) con las oníricas narraciones Una fiesta memorable (Monte Ávila Editores,
1991) y Paisaje con ángel caído (Ediciones imaginaria, 2004); Pedro Rangel Mora
(1956, Mérida) con El enemigo (Ediciones El Otro, el mismo, 2004. Policíaca,
¿verdad?); Ricardo Gil Otaiza (1961, Mérida) con Una línea indecisa (Monte
Ávila Latinoamericana, 1999, narrativa de la nostalgia) y Eloi Yagüe (1957, Valencia,
España) con Las alfombras gastadas del gran Hotel Venezuela (Editorial Planeta,
1999. Policíaca, ¿cierto?).
Aun cuando no sea un escritor
estrictamente de novelas
«policíacas»,
he cometido Literatura y soy un confeso. Pero, felizmente, permanezco en
«Régimen
de Presentación
Esporádica»
gracias a la benevolencia de los magistrados del Tribunal Supremo de la Justicia
Literaria (TSJL) de Venezuela.
jimenezure@hotmail.com -
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