Lectura de Otrodidades: Lámpara de los encuentros en el ambiente estival
madrileño de la JMJ 11
por Francisca Domingo Calle
Es un triple regalo tener entre las
manos este libro del poeta dominicano Rei Berroa: primero, porque me lo obsequió
el mismo autor, asiduo visitante de España donde tiene muchos amigos; segundo,
porque el libro está excelentemente editado por la Fundación Sinsonte en su
colección “El sinsonte en el patio vecino”, de manera que el tacto y la vista
disfrutan al tenerlo cerca; y tercero, porque los poemas de Otridades:
Lámpara de los encuentros son un continuo desarrollo emocional del
compromiso ético y estético del poeta consigo mismo y con los hombres de su
época.
Pero la lámpara de los encuentros
ha reduplicado su luz en mi experiencia lectora. En los días en que se preparaba
la visita del Papa a Madrid llegó el 18 de agosto del año en curso para celebrar
la Jornada Mundial de la Juventud, y partió el 21 del mismo mes–, sentí que se
podían contrastar algunos de sus mensajes, insistentemente publicitados, con los
de Otridades -de raíz e intención humanista, aunque con resultados
notoriamente distantes-. En dichas fechas, llegaron a reunirse en la capital más
de un millón de católicos de distintos países que, desde el convencimiento
personal de la interculturalidad con que debemos convivir, añadían notas de
verdadera alegría al seco calor de las calles madrileñas. Pero la llegada de
Benedicto XVI dejaba también sombras en torno a la coherencia del mensaje: las
formas imperan, ciegan el mensaje; el boato asfixia la riqueza poética de una fe
que los místicos situaron en la fertilidad creativa de la intimidad, la
sobriedad y el ejemplo. Otridades se presentó, así, como una reflexión
–no exenta de dolor por el esfuerzo de vivir en un mundo convulso, injusto
socialmente– en torno al encuentro con el otro, centro de la auténtica felicidad
y motor de vida. La poesía demuestra ser una lúcida búsqueda de la comunicación
con la naturaleza y sus misterios; es un noble ejemplo de fe en el hombre
interior. ¿Buscan otra cosa los jóvenes actuales de cualquier país, cultura o
religión?
Vuelvo al libro, que es el objetivo
de este artículo. Tras un breve prólogo del autor, se presenta el poema “Promesa
para cumplir en la vida y quizás también la muerte si nos fuera permitido y
necesario”, en el que el poeta fija la experiencia de partida:
A pesar de
las heridas, las torturas, las matanzas,
y esta
incurable negra sombra que llevo aquí
en el pecho
en el ojo en el oído
como una
cicatriz petrificada,
he
traspasado estos umbrales de dolor
señalando la
agresión del hombre contra el hombre,
para
poder desembocar ahora en ustedes, hermanos,
y
celebrar el beso y la canción a toda costa.
Y en el mismo poema se explica el
neologismo del título:
Yo escogí
para siempre al camarada, a la otridad, a la alegría.
A continuación, los poemas se agrupan
en tres bloques, introducidos a su vez por tres dedicatorias: para Juan, Mélida
y Ana, a quienes el poeta reconoce deudas de amor vital. Y, dispersas entre los
poemas, hay citas que son otros tantos reconocimientos: de tipo poético, a
Claudio Rodríguez y Carlos Bousoño, o a Horacio, Dante y Apollinaire; de tipo
amistoso, a José María Prieto y a Marivítor, o a Juan y Mercedes Cano. Si nos
dejamos perder entre las sugerencias de los versos, los mensajes, o la
recreación de sugerencias, son poliédricos.
El conjunto I, dedicado a Juan, su
padre, parte de una reflexión sobre la vida que recuerda el rumor de la
conciencia subyacente a las Coplas de Jorge Manrique. En uno de los
poemas centrales, “Otoño o diez o alas”, percibimos este tono clásico:
Por todas
partes tanto vuelo, tanta ave
y tú sin
hojas ya,
(...)
Por todas
partes tanto tiempo malgastado,
tantas horas
a la espera del amor
(...)
Aquel señor
de las rancias clorofilas
entró y
salió al palomar de los recuerdos
apocopando
tus días de marido
como si
simplemente fueran nada.
(...)
Con
todo, en el mismo poema también hay notas de modernidad que recuerdan a otro
maestro del decir poético: César Vallejo; así se reciben los sorpresivos
neologismos creados por el poeta:
Y nosotros,
que por más que lo intentamos
no pudimos
regresarte
y sabemos lo
enredado que es ser hombre,
seguimos
aquí recordándote imperfecto
humedecidos,
lacrimifacientes, heterobuscantes.
En
el mismo primer bloque hay otros poemas, como “El nudo Juana iris”, que evocan
el amor descubierto y conquistado:
Aquí se
alegra la cabuya,
se monta el
aire en la correa
de las
yeguas que galopan buscando
libertad en
medio de la noche, cuando él
y ella entre
voces de palmeras y gemidos
de campanas
caminan juntos descubriendo
el desnudo
primero de la carne.
(...)
Sube tú, que
en uno entero
has hecho
confluir dos caminantes,
nudo nido,
nuevo niño, nudo nada,
(...)
tantas
noches anhelando
esta íntima
canción
que en ti
cantan para siempre los amantes.
El detalle estilístico de las
aliteraciones y las sorpresas léxicas se repiten en varios poemas: en este
último lo hemos podido comprobar.
En otros, como en “Xiomara, dije, y la
página a sí misma se dio a luz y se hizo agua”, se reconoce la humildad del
poeta:
(...)
detrás de
los apodos adoptados para poder
impresionar
al más grande o al más chico,
lo único que
importa de verdad
es haber
vivido dignamente cada día.
Pero hay dos poemas, “Los negros, el
sudor, la musicura” y “Los negros, su historia, su alegría”, que emocionan por
la sobriedad con que expresa su elevada intensidad lírica. El primero es breve y
lo transcribo completo:
Nos dieron
la risa con sus blancos
dientes
chorreando contenturas día y día.
A pesar de
vivir las blancas
horas de la
luz en negras
noches
afiladas, caía su sudor
sobre el
campo fértil haciendo de la caña, azúcar;
del azúcar,
ventana para emancipar el mundo;
del mundo,
dentadura, jazz, merengue,
música que
libera
todas las
raíces de la tierra.
Del segundo, cito el comienzo y dos
de los cuatro pareados libres que distribuyen, con variantes, el mismo núcleo
comunicativo:
Los brazos
endrinos de los negros
sorprenden
al tiempo en su carrera,
lo cansan,
en seco lo detienen
y sus
enormes pies de tambor y campanario
reducen la
distancia entre un allá lejano
y un
insaciable aquí presente
con su
sobria soledad de muelle y travesía.
Una alegría su beso plantó prolongado, suficiente
en la nuca trasatlántica y fugaz de una tristeza...
(...)
Una alegría entierra en pañales a la blanca
tristeza que se enfunda hacia la noche y sus vacíos...
Para cerrar el primer bloque, en
esta reflexión sobre la intrahistoria y sus protagonistas, el poema “Mostrar
siempre indiferencia a los señores pero sin faltarles al respeto demasiado”, el
lenguaje surrealista sirve para rechazar la insensibilidad e incultura del
consumismo actual, tan extendido y aparentemente triunfante:
La ciénaga
tranquila
sofrena los
caballos de carrera
que el río
en su trayecto siempre tiene a punto.
Luce abrigos
invernales,
alados
sombreros Montecristi
que nunca se
destemplan con el tiempo,
zapatos como
niños ignorados
a la entrada
del cine o de la iglesia
y le da
tan pocas
melodías a la flauta
que
aburridos se derriten cocodrilos en la orilla
a la espera
de una lágrima.
(...)
Como han
perdido el origen oloroso del verbo en el oído,
los señores
consultan casi siempre el diccionario del vestido
y consueñan
la espantosa pesadilla
de que caiga
mañana el mercado de valores
(...)
Estupren el
siniestro de la risa controlada,
los achaques
del esmero,
la
insolencia del que cree tan sólo en apellidos
y desprecia
también al no ilustrado.
(...)
Nadie llegue
sin trompetas, ni azucenas, sin tambores,
nadie cante
con cadenas, solitario, sin compaña;
(...)
El bloque II está dedicado a Mélida,
su madre. El primer poema, titulado, “El hombre de las aceras”, es una evocación
lírica de Claudio Rodríguez, a quien se lo dedica, y contiene versos que hablan
de la soledad intransferible del poeta en su intimidad:
Ese hombre
que acude a las aceras
ajeno al
porvenir de los sollozos
acariciando
el cemento a duras penas.
(...)
azuzado por
monótonos silencios
adelgaza su
ilusión y piensa
que la luz y
el corazón no resisten equipajes.
La expresión surrealista en “Los
ojos, la verdad y el otro lado”, dedicado a Marivítor, evoca los huecos
misteriosos que deja en la conciencia la larga memoria de una amiga; pero es un
poema que también habla de la madurez del poeta:
Tan desierto
el mar
tan lleno de
vida y no le ves
ni una flor,
ni un pájaro, ni un árbol
pero no
puede ser
tan sólo
aquello que miramos.
(...)
A pesar de
lo que digan los que saben
ya no es hoy
lo que creíamos de la vida
tan frágil
en sus lindes,
tan sutil y
tan delgada...
En “Habráse visto al enemigo”, el
poeta reconoce a la soledad:
Untada
pegajosa verdecida
escurre al
aire libre sus opacas vestimentas
sus
colmillos afilados de guerrera adocenada
la soledad.
Y,
frente a ella, la guitarra cobra un protagonismo esencial en “El aire de las
manos”:
Jamás
hubiera podido creerse la guitarra
que fuera
tan intenso el tiempo y el espacio
que seis
cuerdas y diez dedos prometían.
Voy
en ancas del que sueña en primavera,
voy
del brazo del poeta y de la vida,
voy
tal vez en plenilunio convertida
y el
dolor de los que sufren me exaspera.
Son
requisitos del repaso por su conciencia que hace el poeta para ahondar en el
dolor. Así llegamos al poema “El dolor es siempre un pan de carne que se abraza
cada día entre los huesos y la nada”, en el que las imágenes surrealistas se
engarzan en un discurso de tono coloquial:
(...)
Y el hombre
que se acerca muchas veces
sollozando
con la lengua y el respiro,
(...)
no sabe ni
siquiera de dónde se derivan sus deseos
porque ha
visto
el trato que
reciben sus congéneres
en la tele o
en el templo,
en el aula o
la oficina;
porque ha
visto
cómo tratan
a los bueyes en el campo,
a los presos
asinados en celdas diminutas
ojirancios,
putiquedos, alterizanjados.
(...)
Y siempre,
a través de las alieraciones, juegos fónicos y sorpresas léxicas de creación
personal, el humor es la nota con que el poeta rompe con la amenaza paralizante
de la tragedia:
El dolor es
siempre un pan
que arriba
en cueros
y que abraza
a cada uno de nosotros
displicente,
oligofóbico, espináceo.
El poema “Las mandíbulas del tiempo”
es melancólica aunque serena reflexión sobre los destrozos del mismo en la
memoria:
Llegan
otros,
ocupan
nuestros números y sílabas, el patio,
y octubre
con sus gárgolas secretas
y otoño con
sus sinfónicos colores
cautiva los
follajes,
alcanza los
racimos
y arrumba en
cada uno de los otros que habitamos
las
mandíbulas de un tiempo ya olvidado.
Con él se cierra este segundo bloque
de poemas, dedicado a Mélida, la madre del poeta, para cuya fértil pero perdida
memoria de los suyos, él ha rescatado punto de la luz vital que les unen.
El
tercer y último bloque de poemas, dedicado a Ana, su esposa y compañera,
comienza con “No se me caiga, hermano”, poema en el que encontramos versos que
se relacionan con la actitud de hermandad universal desde la que se levantan
todos los poemas de este libro:
Levante sus
históricos zapatos,
agarre su
tambora, su pluma, su machete
y aplíquese
al trabajo y su alegría.
Punto
de partida que se desarrolla en el poema “Si alguien canta”, en el que leemos:
El que canta
por dentro bïen sabe
que el nacer
tiene el fluir de los delfines en el aire
y el correr
de la savia sorda y lenta
y el subir y
bajar de la jornada
con sus días
floreciendo y sus noches madurando.
“El Don de conocer” es la
aceptación de la madurez y sus contradicciones, desarrollada como lírica
evocación de los orígenes, sin descartar el visillo filosófico:
El don de
conocer
fue más bien
una lucha contra lo infinito,
una
irremediable conquista
de las zonas
prohibidas en la amplitud
de la
materia que somos
en la
claridad de nuestra sustancia.
Aquel primer
mordisco al himen sedoso
de la fruta
del manzano
abrió
secretas puertas, hojas blancas, tablas rasas.
“El
camino de la flor” está dedicado a otro amigo, José María Prieto, y sus versos
anuncian la voz vallejiana que repetirá en el siguiente:
Para los que
siempre habrán andado
el camino en
que se encuentran los gametos exquisitos,
(...)
el hombro
del vecino no es una piedra
que se
acaricia amargamente sin saber
Este
recuerdo de César Vallejo está en el siguiente poema, “Este venir siempre de tan
lejos”, en una paralela fijación poética de la vida como camino:
Llueve
lluvia que cae lenta y persistente.
Con ella el
ojo de la tierra se limpia de legañas,
trata de
entender lo que le pasa en la retina
y no siente
el parpadeo del rocío
(...)
Llueve y la
mirada se despoja las ojeras.
El campo va
quedando tan vacío
que es como
si apagaran débilmente las estrellas,
como si
lloviera cada día todo el día, que es
como si
lloviera todo el día
(...)
A Carlos Bousoño le recuerda Rei Berroa
en “La hormiga y el río”, poema en el que se acerca al verbo limpio del
maestro:
(...)
El río, en
cambio, el río,
que tiene en
la arena, en la arcilla y la cantera
los más
sólidos aliados del fluir y su corriente,
del correr y
sus zancadas,
rehuye de
las aguas obstruidas,
lleva y trae
mercancías que sostienen la memoria
y en los
troncos de los sauces de la orilla,
nidos
deposita donde pueda colocar el soñador
los pájaros
que lleva en la cabeza,
(...)
Los dos
últimos poemas son la exaltación de la amistad. En “El espejo”, dedicado a Juan
y Mercedes Cano, reconoce
que todos
los que le aman de este lado
en el otro
lo sostienen,
lo levantan
desde el polvo
empujándole
la masa hacia el reflejo
donde todos
a gritos lo reclaman...
Y en “El amigo que amanece”, para
cerrar el libro, sucesivas oraciones condicionales desarrollar una lírica
exposición del ámbito en el que se presenta al hombre nuevo, al poeta que ha
renacido o madurado a través de la forja con las palabras desveladas:
Si una túnica
de luz pudiera
(..)
Si un
lóbulo, tal vez un nervio,
(...)
Si un solo
pecho aplicado a su respiro
(...)
Si los muros
que dividen al hermano del hermano
(...)
El cuerpo
que el nuevo corazón
va forjando
en el pecho de los hombres
quedaría
moldeado en la memoria
de los
siglos y vendría con sus brazos
bien
abiertos como nubes colosales
y sería para
siempre sobre el mundo
gozosa la
palabra, lejana la tristeza,
imposibles
de ignorar las melodías
que cante el
amigo que amanece
con la
lámpara de los encuentros
alumbrando
los caminos,
(...)
para todos
los que habitan esta tierra
vocálicos,
utópicos, poéticos.
Con
Otridades: Lámpara de los encuentros, recibimos una convocatoria intemporal
al disfrute de la palabra poética, síntesis de todos los afanes fraternales con
los que venimos a la vida, se recorren las dificultades del trayecto y se desean
vislumbrar las metas. La música o el ritmo, así como la exaltación de todos los
sentidos, añaden a los versos la sensorialidad y la alegría del vivir en lo
concreto. Ejemplo íntimo, sin sombras de la venalidad con que, a veces, de
distribuyen los mensajes en la gran urbe.
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